domingo, 4 de marzo de 2012

Capítulo 38


Listo! Ahora si el capi! Y si después de esto en mi carrera me dicen que nunca he estado bajo presión ya no se que es presión eh! Jajjaj  Las quiero y gracias!!!!! No pueden ser tan así! Me emocionan no saben cuánto! SON GENIALES!!! :D Ya me pongo a preparar otro porque se que con este no se van a quedar tranquis! Hasta que llegue el momento Laliter ya vi que no paran no?! Jajajajy again no se como agradecerles GRACIAS GRACIAS GRACIAS!!!

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–¡Qué asco!
Peter sonrió y vio la hora. La fiesta estaba a punto de empezar.

Capítulo 38:

–Tengo que irme –dijo, pero no podía pedirle que se quedara sola–. ¿Por qué no te pones tu vestido nuevo y te vienes conmigo?

–¿A dónde?

–A una fiesta en el Hilton.

–¿Con gente mayor?

–No tan mayor. Será divertido.

–¿No tenías que irte ya?

–Te esperaré.
Ella se encogió de hombros.

–No sé...

–Dale. Habrá muchos periodistas, y tal vez saquen una foto tuya en el periódico luciendo bien guapa, y ese tipejo de Tomás tenga que darse una patada a sí mismo en el culo.
Alelí rió.

–Quieres decir trasero.

–Eso es. Trasero. –Él la empujó hasta el armario–. Mete tu trasero en el vestido –le dijo mientras salía de la habitación y cerraba la puerta. Cogió el saco del esmoquin y fue al salón a esperar. Como solían hacer todas las mujeres que conocía, se tomó su tiempo hasta estar lista.

Peter se acercó al amplio ventanal y contempló la ciudad. La lluvia había parado, pero las gotas resbalaban todavía por los cristales emborronando la imagen nocturna de Buenos Aires. Había elegido aquel departamento exclusivamente por la vista que tenía, y si iba a la cocina o a su dormitorio, al otro lado del departamento, podía salir al balcón, desde donde se tenía una perfecta panorámica de la zona.

Mirar a través de todas aquellas ventanas resultaba espectacular, pero Peter tenía que admitir que en aquel edificio nunca había llegado a sentirse en casa. Quizá se debía a la moderna arquitectura, o quizás a que nunca había vivido en un piso tan alto en una ciudad y eso lo hacía sentir, en cierto sentido, como si estuviera en un hotel. Si abría las ventanas o salía al balcón, el sonido del tráfico llegaba hasta la decimonovena planta, lo que también le recordaba un hotel. A pesar de que Buenos Aires, y todo lo que la ciudad podía ofrecer, estaba empezando a gustarle, a veces sentía una vaga sensación de nostalgia respecto a su hogar.

Cuando por fin Alelí salió de su habitación, llevaba un collar de diamantes de imitación y una coronita a juego que mantenía el pelo apartado de su cara. Su cabello era bonito, pero el vestido... el vestido no le quedaba nada bien. Era unas dos tallas más chico. El terciopelo negro apretaba demasiado el pecho y las mangas le llegaban hasta la mitad de brazo. A pesar de que Alelí solía usar polos grandes y buzos, sabía que no estaba rellenita. Pero en aquel vestido daba la impresión de ir embutida.

–¿Qué tal me queda? –preguntó girando ante él.
La costura que recorría la espalda del vestido se torcía hacia la izquierda en el trasero.

–Estás preciosa.
De los hombros hacia arriba, estaba muy guapa. Su sombra de ojos plateada, sin embargo, era un tanto extraña, reluciente como la escarcha qué él usaba en el colegio.

–¿De qué talla es ese vestido? –preguntó Peter y, por la reacción del Alelí, se dio cuenta inmediatamente de su error.
Sabía que no resultaba adecuado preguntarle a una mujer por la talla de su vestido. Pero Alelí no era una mujer. Era una muchacha y, además, era su hermana.

–¿Por qué?
Él le ayudó a ponerse el abrigo.

–Siempre llevas polos sueltos y pantalones, y no sé cuál es tu talla –improvisó.

–¡Ah!, es talla cero. ¿Puedes creer que entre en un talla cero?

–No. La cero no es ni siquiera una talla. Si eres talla cero, deberías engordar, tendrías que comer más papas al horno y carne. Acompañadas con algo de salsa.
Ella rió, pero él no estaba bromeando.


El trayecto hasta el Hilton no fue pesado, pero cuando Peter le entregó las llaves de la camioneta al valet parking, notó que llegaban con más de una hora de retraso. El restaurante se alzaba a treinta metros de altura dentro de la estructura de la torre. Ofrecía una visión panorámica de Puerto Madero, y Peter y Alelí llegaron justo cuando la cosa empezaba a animarse. Al salir del ascensor, un muro de ruido, formado por la combinación de centenares de voces, el golpeteo de los platos y el trío de músicos fue a su encuentro. Un mar de esmóquines negros y brillantes vestidos fluía dentro de aquella estancia a media luz. Peter ya había asistido a eventos similares. No en aquel lugar, no en una ocasión tan especial, pero sí a centenares de fiestas desde que empezó a jugar al rugby.

Cuando Peter fue a dejar el abrigo de Alelí en el guardarropa, se encontró con Agustín, Victorio y Augusto Tomaselli y se les presentó a su hermana. Le hicieron preguntas sobre el colegio, y cuanto más le hablaban, más se ocultaba ella detrás de Peter, hasta que sólo medio cuerpo quedó visible. Peter no sabía si se sentía intimidada o sólo era cuestión de vergüenza.

–¿Has visto a Tiburoncito? –preguntó Victorio.

–¿A Lali? No, no la he visto. ¿Por qué? –Hizo una pausa y preguntó–: ¿Dónde está?

Vico estiró uno de los dedos con los que sujetaba su copa y señaló hacia una mujer que se encontraba a unos cuantos metros de distancia, de espaldas a Peter. Le caían unos cortos rizos oscuros por la nuca. Llevaba un vestido con la espalda descubierta y sin mangas, de un rojo profundo, y una fina cadena de oro pendía entre sus omoplatos, atrayendo la luz y lanzando reflejos dorados por su blanca piel. El vestido se ceñía a sus caderas y a su trasero y caía hasta las pantorrillas. Calzaba un par de zapatos rojos con un taco de unos ocho centímetros. Estaba hablando con otras dos mujeres. Reconoció a una de ellas, ya que se trataba de Malena, la esposa de Manuel Terradas. La última vez que la había visto, en septiembre, lucía un embarazo de nueve meses. La otra mujer le resultaba vagamente familiar, y se preguntó si no la había visto en algún ejemplar de Playboy. Ninguna de aquellas mujeres parecía Lali.

Continuará…

Capítulo 37


Hola si?! me siento muy presionada!!! jajajaja estoy haciendo más capis por las dudas!!!! :) las quiero y ahi va!!!! Va para Mery (que ahora no solo eres huelguera sino también presionadora jajaja) y para Oriana ;) asi lo puedes leer tranqui! besos y posiblemente vuelva más tarde!!!!

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–¿Por qué no estás preparada? Tu acompañante llegará dentro de unos minutos.

Capítulo 37:

–No va a venir. Anoche llamó y canceló nuestra cita.

–¿Está enfermo?

–Dijo que había olvidado que tenía cosas que hacer con su familia y que no podía llevarme. Pero es mentira. Ahora tiene novia y va a ir con ella.
Peter sintió que la ira lo cegaba. Nadie dejaba plantada a su hermana ni la hacía llorar.

–No puede hacer eso. –Peter entró en la habitación y se acercó a Alelí–. ¿Dónde vive? Iré a hablar con él. Lo obligaré a llevarte.

–¡No! –gritó ella, mortificada, y se sentó en el borde de la cama con los ojos muy abiertos mirando a Peter–. ¡Me moriría de vergüenza si lo hicieras!

–De acuerdo, no lo obligaré a llevarte. –Peter pensó que tenía razón. Forzarlo habría resultado muy incómodo para ella–. Me limitaré a ir a su casa y darle una buena patada en el trasero.
Alelí enarcó una ceja.

–Es menor de edad.

–Entonces golpearé a su padre. Alguien que cría a un hijo capaz de dejar tirada a una chica merece que le peguen una patada.
Peter estaba hablando en serio pero, por alguna razón, a Alelí le causó mucha gracia.

–¿Le darías una patada en el culo al señor Montero por mí?

–He dicho patada, no especifiqué donde. Y por obvio que lo haría. –Se sentó junto a su hermana–. Y si yo no pudiera hacer el trabajo, conozco a unos cuantos jugadores de rugby que le darían su merecido.

–De eso no me cabe duda.

Peter le cogió la mano y preguntó:
–¿Por qué no me dijiste que había llamado para cancelar la cita?
Ella parecía distante.

–Pensé que no te importaba.
Con la mano libre, la cogió por la barbilla para obligarla a mirarlo.

–¿Cómo puedes decir eso? Por supuesto que me importa. Eres mi hermana.
Alelí se encogió de hombros.

–Pensé que las fiestas y esa clase de cosas no te importaban.

–Bueno, tal vez tengas razón. No me importan demasiado las fiestas ni bailar. No fui a ninguna fiesta de mi colegio porque... –Hizo una pausa, le dio un golpecito en el brazo con el codo y añadió–: Era un bailarín horroroso. Pero me preocupo por ti. Me importas.
Ella torció la boca ligeramente hacia abajo, como si no le creyera.
–Eres mi hermana –insistió él, como si no hubiera nada más que explicar–. Te dije que siempre cuidaría de ti.

–Lo sé. –Ella bajó la vista–. Pero cuidar e importar no son la misma cosa.

–Para mí sí lo son, Alelí. Yo no cuido de nadie que no me importe.
Ella apartó su mano de la de Peter y se puso de pie. Se acercó a un tocador cubierto de pulseras, osos de peluche y un florero con cuatro rosas blancas secas. Peter sabía que aquellas rosas habían estado encima del ataúd de su madre. Ignoraba por qué las había cogido o las conservaba, pues la hacían llorar.

–Sé que quieres enviarme lejos de aquí –dijo dándole la espalda.
Por Dios. ¿Cómo se había enterado? Sin embargo, eso no era lo importante.

–Pensé que serías más feliz viviendo con chicas de tu edad en lugar de conmigo.

–No mientas, Peter. Lo que quieres es deshacerte de mí.

¿Era eso lo que quería? ¿Había sido la idea de librarse de ella lo que lo había llevado a buscar un internado para Alelí? Tal vez más de lo que estaba dispuesto a admitir. La culpa no tardó en hacer acto de presencia mientras se ponía de pie y caminaba hacia su hermana.

–No quiero mentirte. –Puso una mano en el hombro de Alelí y la hizo voltearse hacia él–. Lo cierto es que no sé qué hacer contigo. No sé nada de chicas adolescentes, pero sé que no eres feliz. Quiero hacer lo que sea mejor para ti, pero no sé cómo hacerlo.

–No soy feliz porque mi mamá ha muerto –musitó ella–. Nada ni nadie puede cambiar eso.

–Lo sé.

–Y nadie me quiere.

–Eh. –La agitó por los hombros–. Te quiero, y sabes que la tía Jenny también te quiere. –En realidad, Jenny sólo había dicho que Alelí podía visitarla en verano, pero Alelí no tenía por qué saber eso–. De hecho, intentó quedarse con tu custodia. Creo que tiene visiones en las que las dos llevan las mismas batas para estar dentro de casa.
Alelí arrugó la nariz.

–¿Y cómo es que yo nunca he sabido nada de eso?

–En ese momento, ya tenías suficientes preocupaciones –dijo él de forma evasiva–. No me puso una demanda porque sabía que yo pagaría los mejores abogados.
Alelí frunció el entrecejo.

–Jenny vive en un complejo habitacional para jubilados.

–Sí, pero de los buenos. Cada noche te prepararía su pudín de ciruelas especial.

–¡Qué asco!
Peter sonrió y vio la hora. La fiesta estaba a punto de empezar.

–Tengo que irme

Continuará…

Capítulo 36


Hola de nuevo!!!! :D si que llegaron rápido no se si fue una que se afanó firmando o varias pero igual GRACIAS!!!! porque firmen o no hace un rato entré y habian más de 50 personas online!!! Se les quiere y seguro en un rato nos volvemos a leer no?! besos ;)

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–Ni lo sueñes, Peter –dijo por encima del hombro.

Capítulo 36:

Regresó a la cabina de prensa y se sentó junto a Felipe. Allí estaban los de Fox Sports y también los de ESPN, para retransmitir el partido de Alumni contra Albatros. Con Peter Lanzani como fullback, Alumni acabó ganando por doce a cinco. Aparentemente sin esfuerzo alguno, él alzó la pelota en y les recordó a todos por qué seguía siendo uno de los mejores fullbacks del campeonato.

En el vestuario, tras el partido, los jugadores respondieron a las preguntas de Lali. Aunque no se dejaron puestos los calzoncillos, su desnudez parecía menos calculada.


Esa misma noche, una vez que hubo enviado su crónica al periódico, Lali telefoneó a Candela y le alegró el día, la semana y el año sólo con decir:
–Necesito una maquilladora.

–¿Cómo es eso?

–Resulta divertido. Voy a una fiesta la semana que viene y necesito dar una buena imagen.

–¡Gracias, Señor, por este regalo que acabo de recibir! –susurró Candela–. He estado esperando este momento desde hace años. Lo primero que tenemos que hacer es concertar cita con Vbnda.

–¿Quién es Vbnda?

–La mujer que va a transformar tu cara y a darle forma a ese pelo salvaje que tienes.
Lali miró el teléfono que tenía en la mano.

–¿Transformar?

–Y el pelo.

–La última vez que permití que tocaras mi pelo me lo dejaste como un estropajo.

–Eso fue en el colegio, y no fui yo. Después del pelo, te llevaré con Sara, donde yo trabajo. Esa mujer es una verdadera artista.

–Había pensado en un poco de maquillaje y algo de pintalabios. Un bonito vestido negro de cóctel y unos zapatos de vestir que no sean muy caros.

–Hoy hemos recibido unos fabulosos Ferragamo –dijo Candela como si no hubiera oído las palabras de Lali–. Rojos. Quedarán perfectos con un mortífero y minúsculo Betsey Johnson que he visto en la primera planta.

-°-

Peter estiró los puños de su camisa y colocó en ellos sendos gemelos. Esa misma mañana, en el entrenamiento, había oído decir que Lali asistiría a la fiesta con Felipe. Sentía curiosidad por ver cómo iría vestida; de negro, sin duda. Alzó las manos y colocó el último corchete en el cuello de su camisa blanca almidonada. No había hablado con ella desde el partido contra Albatros.

El fullback de reemplazo había jugado los dos últimos encuentros, dejando que Peter disfrutara de un merecido descanso, y no había tenido oportunidad de hablar con ella. No es que tuviera nada que decirle, pero le gustaba provocarla un poco para observar sus reacciones. Para ver si se reía o si entornaba los ojos y torcía la boca. O bien si podía conseguir que se ruborizara.

Se abotonó los tirantes grises y se preguntó si Lali y Felipe tendrían una auténtica cita. No lo creía posible. O, por decirlo de otro modo, no quería creerlo. Lali era una fiera y tenía ingenio a la hora de contestar, un cretino aficionado a los bolígrafos no era el tipo de hombre adecuado para ella. En particular, aquel cretino. No era un secreto que Felipe se había opuesto al fichaje de Peter para Alumni y que se toleraban el uno al otro porque no tenían más remedio que hacerlo. Según la opinión de Peter, Felipe Villanueva era un pusilánime, en tanto que Lali tenía agallas. Suponía que eso era lo que le gustaba de ella. No se escondía ante la adversidad. La afrontaba. A pesar de su estatura.

Peter tomó el moño negro y se colocó frente a los espejos de las puertas del closet. Al tercer intento hizo un nudo perfecto. Por lo general no le molestaba ponerse el esmoquin y asistir a eventos, especialmente si se trataba de fiestas en honor a antiguos porteros, pero esa noche no tenía nada de usual. Esa noche, su hermanita asistía al baile del colegio con un chico que tenía un piercing en la nariz.

Peter cogió el reloj de la mesita de noche y se lo colocó en la muñeca mientras caminaba hacia la habitación de Alelí. No pensaba salir de casa hasta que su acompañante fuera a buscarla. Sabía muy bien qué era lo que pasaba por la cabeza de un adolescente, y había pensado mirar a Tomás a los ojos y hacerle saber que estaría en casa para cuando Alelí regresara, esperándola. Tenía que estar ahí para apretar la mano de Tomás un poco más fuerte de lo necesario y así hacerle entender que más le convenía que no se propasara con su hermana. Peter tal vez no fuera el mejor hermano del mundo; de hecho, no estaba ni a medio camino de serlo, pero protegería a Alelí mientras viviera con él.

Había decidido no hablar del tema del internado hasta después del baile. Ella se lo había pasado en genial eligiendo el vestido y los zapatos, por lo que no le había parecido el momento más adecuado para hablarle de eso.

Peter llamó a la puerta de Alelí, y cuando ella murmuró algo entró. Esperaba verla con el vestido de terciopelo negro con escote cuadrado, mangas abullonadas y pequeñas rosas bordadas. Se lo había enseñado el día anterior, y él pensó que era muy apropiado para una chica de su edad. Pero en lugar de estar vestida, se encontraba tumbada en la cama con el pijama puesto. Tenía el pelo recogido en una cola y lloraba desconsoladamente.

–¿Por qué no estás preparada? Tu acompañante llegará dentro de unos minutos.

Continuará…

Capítulo 35


Ahora si 3er capi del día!!! Espero les guste y ya va llegando Laliter no desesperen! ;) besos y MIL GRACIAS!!! Nos hablamos en un rato?!

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–¿Contigo? ¿Como si fuese una cita? –preguntó como si Felipe se hubiese vuelto loco.
Él se ruborizó y Lali se dio cuenta de que no había sido un comentario amable.

Capítulo 35:

–No tiene por qué ser una cita –dijo Felipe.

–Sé que sonó mal, pero no es lo que parece. –dijo Lali, dándole una palmada en el hombro–. Sabes que no puedo tener citas con gente involucrada en Alumni. Provocaría más comentarios y chismorreos.

–Sí, lo sé.
Lali se sentía horrible. Probablemente él no había planteado una cita en toda regla, y ella lo había ofendido.

–Supongo que tendré que vestirme de gala.

–Sí, es una fiesta de etiqueta –dijo Felipe, mirándola–. Te enviaría una limusina, así no tendrías que conducir.
¿Cómo iba a negarse a algo así?

–¿A qué hora?

–A las siete. –El celular que colgaba del cinturón de Felipe empezó a sonar y él respondió a la llamada–. ¿Aló? –dijo–. Aquí. –La miró– ¿Ahora mismo? De acuerdo. –Colgó y volvió a colocar el aparato en el cinturón–. El entrenador Vázquez quiere que bajes al vestuario.

–¿Yo? ¿Por qué?

–No me lo ha dicho.

Lali metió el bloc de notas en el bolso y salió de la cabina de prensa. Llegó con el ascensor a la planta baja y recorrió el pasillo hacia el vestuario, preguntándose todo el rato si iban a despedirla otra vez; de ser así, en esa ocasión no se iba a morder la lengua.

Cuando entró en el vestuario, los jugadores estaban vestidos y listos para la batalla. Se encontraban sentados frente a sus casilleros escuchando al entrenador. Lali se detuvo al cruzar la puerta para escuchar cómo Nicolás Vázquez les hablaba de la debilidad de la segunda línea de Albatros y del modo de encarar a los jugadores. Miró al otro lado del vestuario, en dirección a Peter. Llevaba puestas sus protecciones y su camiseta con el símbolo rojo y blanco de Alumni. Tenía la mirada clavada en algún punto entre sus piernas. Entonces alzó la vista y sus miradas se cruzaron. La miró por un instante, después su mirada verde descendió lentamente por su blusa gris, pasó por su falda negra hasta llegar a sus baratos mocasines negros. Su interés no implicaba ningún tono sexual, era simple curiosidad, pero hizo que a Lali se le acelerara el pulso.

–Lali –la llamó Nicolás Vázquez.
Lali apartó los ojos de Peter y miró al entrenador, que se acercó a ella y añadió:
–Vamos, diles a los chicos lo que les dijiste el otro día.
Ella tragó saliva.

–No puedo recordar lo que les dije, entrenador.

–Algo de que no se bajaran los calzoncillos –intervino Agustín–. Y lo de que viajar con nosotros fue toda una experiencia.
Todos parecían tan serios que a Lali le dieron ganas de reír. Nunca había creído que fuesen supersticiosos hasta ese punto.

–Está bien, veré si lo recuerdo. Déjense los calzoncillos puestos, tengo algo que decirles y sólo me tomará un minuto. Ya no viajaré con ustedes, y quiero que sepan que hacerlo ha sido una experiencia que jamás olvidaré.
Todos sonrieron y asintieron, a excepción de Esteban Peluso.

–Dijiste algo de sincronizar la bajada de los calzoncillos. Me acuerdo de esa parte.

–Es cierto, Tiburoncito –añadió Victorio–. Yo también lo recuerdo.

–Y dijiste que esperabas que este año ganáramos el campeonato –añadió Franco Battezzati.

–Sí, eso es importante.
¿Acaso importaba realmente? ¡No me frieguen!

–¿Tengo que empezar todo de nuevo?
Todos asintieron con la cabeza y ella puso los ojos en blanco.

–Déjense los calzoncillos puestos, tengo algo que decirles, sólo me tomará un minuto y no quiero que sincronicen la bajada de sus calzoncillos. –O algo así–. Ya no voy a seguir viajando con ustedes, pero quiero que sepan que hacerlo ha sido una experiencia que jamás olvidaré. Espero que este año ganen el campeonato.
Todos parecían complacidos, y ella decidió salir de allí antes de que la volvieran loca.

–Ahora tienes que venir y darme la mano –le informó el capitán, Benjamín Rojas.

–Oh, claro. –Ella se acercó a él y le dio la mano–. Buena suerte con el partido, Benjamín.

–No, dijiste Asesino.
La cosa era de locos

–Buena suerte en el partido de esta noche, Asesino.
Él sonrió.

–Gracias, Lali.

–De nada.
Desde el exterior llegaban los sonidos previos al comienzo del partido, y ella, una vez más, se encaminó a la puerta.

–No has acabado, Lali.
Se volteó y miró hacia donde se encontraba Peter. Estaba, de pie y, con un dedo, le estaba indicando que se acercara.

–Ven aquí.
Ni hablar. No estaba dispuesta a llamarle «pedazo de tonto» delante de todos.

–Dale.
Observó las caras de los otros jugadores. Si Peter jugaba mal, la culparían a ella. Como si sus zapatos tuviesen vida propia, cruzó el suelo alfombrado con el logotipo de Alumni en el centro.

–¿Qué? –preguntó mientras se ponía frente a Peter.
Con el uniforme parecía más alto, y ella tuvo que mirar hacia arriba.

–Tienes que decirme lo que me dijiste el otro día. Para que me dé suerte.
Eso se temía, pero intentó librarse del mal momento.

–Eres tan bueno que no necesitas que te dé suerte.
La agarró del brazo y, con cuidado, la atrajo hacia sí.

–Vamos, dilo.
Lali notó la calidez de su mano a través de la blusa.

–No me hagas esto, Peter –dijo en voz baja para que sólo él lo oyera. Sentía que estaba ruborizándose–. Es demasiado embarazoso.

–Susúrramelo al oído.

El crujido de sus protecciones de cuero llenó el espacio entre ambos mientras se inclinaba sobre ella. El olor de su champú y de su loción para después de afeitar le llenó la nariz junto al olor del cuero de las protecciones.

–Tonto –susurró en su oído.

–No fue así. –Peter meneó la cabeza y sus mejillas se rozaron por unos segundos–. Te has olvidado el «pedazo de».

Dios del cielo. Antes de que todo eso pasara moriría de vergüenza o bien consumida por la lujuria. Y no quería que sucediera ninguna de las dos cosas. Sobre todo la última, pero el nivel de testosterona de Peter era como un poderoso campo de fuerza que la atraía contra su voluntad.

–Pedazo de tonto.

–Gracias, chiquita. Te lo agradezco.

«Chiquita». Lali abrió los ojos como platos. Él volteó la cara y, con los labios a escasos centímetros de los de Peter, ella sonrió.

–¿Voy a tener que hacer esto antes de cada partido? –preguntó aunque su voz sonó casi como un suspiro.
Él no dio la impresión de haber captado el matiz de su voz. La miró directamente y unas pequeñas arrugas aparecieron en las comisuras de sus ojos

–Me temo que sí –respondió.
Finalmente, ella sintió que recuperaba el aliento.

–Voy a pedir un aumento de sueldo.
Peter deslizó su enorme y caliente mano desde el brazo hasta el hombro de Lali, le acarició la mejilla y después apartó la mano.

–Pide también que te aumenten los viáticos. En cuanto estemos de viaje voy a recuperar los cincuenta dólares que me ganaste a los dardos.
Lali meneó la cabeza y se dio la vuelta para salir.

–Ni lo sueñes, Peter –dijo por encima del hombro.
  
Continuará…